Hay muchos mecanismos biológicos posibles detrás de los beneficios de la exposición a entornos naturales verdes o azules. Según Marc Berman, neurocientífico especializado en medio ambiente y profesor asociado de psicología en la Universidad de Chicago (Estados Unidos), una de las explicaciones es que estos beneficios se derivan de lo que se denomina teoría de la restauración de la atención, que propone que la exposición a la naturaleza ayuda a aliviar la fatiga mental y mejora la capacidad de concentración. «Los humanos tenemos dos tipos de atención: la atención dirigida, que es la que usamos en el trabajo y es el tipo de atención que es fatigable o agotable, y la atención involuntaria, que es captada automáticamente por cosas interesantes en el entorno y no es fatigable.»
De hecho, un estudio publicado en un número de 2019 de la revista Frontiers in Psychology descubrió que después de que los niños dieran un paseo de 30 minutos por un entorno natural (con ondulantes campos de hierba, tierras de cultivo y zonas forestales) tenían un patrón de respuestas más rápido y estable a una serie de pruebas relacionadas con la atención que después de caminar por una zona urbana.
Además de captar tu atención involuntaria, pasar tiempo en la naturaleza puede provocar lo que se denomina «fascinación suave«, una experiencia agradable y sin amenazas que es interesante pero no requiere toda tu atención. De este modo, «tu mente puede divagar y puedes pensar en cosas al mismo tiempo», afirma Berman. «Cuando la gente está en la naturaleza, tiende a pensar en temas relacionados con la espiritualidad y su viaje vital».
Otra explicación de por qué la naturaleza tiene un efecto casi medicinal sobre la mente y el cuerpo es la llamada hipótesis de la biofilia, que sugiere que los humanos tienen un deseo innato de conectar con la naturaleza y otras formas de vida.
